El corazón partido de la capital de Croacia se extiende sobre su casco antiguo, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1979 y ratificado nuevamente en 1994. Un recinto que ha conservado las murallas a pesar de la conquista estratégica de Napoleón, las dos guerras mundiales y los recientes conflictos balcánicos, entre otros muchos.
Dubrovnik, que fue despojada de su topónimo original eslavo Ragusa, se posicionó a favor de la independencia croata de Yugoslavia tras el resurgimiento económico que tuvo en las décadas anteriores gracias a las políticas del mandatario Tito. “La perla del Adriático”, como se conoce a la ciudad por la belleza que ha mantenido a pesar de las luchas de poder, ronda los 40.000 habitantes y es el centro turístico del litoral. Sus malas relaciones con Eslovenia justifican el veto de la mayoría de países europeos para su entrada en la Unión, pero, gracias a los fondos de esta, el país y su capital no frenan sus pasos hacia la emergencia.
En estos años de inestabilidad Dubrovnik recibía pocos turistas. La prioridad era más lograr un equilibrio entre la población que un desarrollo en las infraestructuras para los extranjeros. La convivencia con los países miembros promovió la aceptación de lo foráneo entre los autóctonos y el sector terciario crece como lo hace el número de visitantes. Estos pueden sentirse seguros políticamente y con la accesibilidad que marca el llegar a pie hasta los enclaves relevantes. A estas ventajas se añade la reciente y económica oferta de albergues Dubrovnik desde los 10 euros.
El empedrado y el mármol del barrio antiguo de Stari Grad hinchan de tranquilidad los espíritus. Los vehículos de motor no tienen acceso a la zona y, aunque hay que tener unas piernas fuertes para subir las cuestas que lo caracterizan, el encuentro casual con las iglesias, los museos, las fuentes y los palacios recompensan el esfuerzo.
La muralla que lo rodea fue construida como protección contra los árabes, de la que resultó una paz momentánea que favorecía el comercio marítimo, que puede leerse entre líneas en el puerto de la ciudad. Es muy interesante atravesarla por la puerta de Pile, la más antigua y que conserva un puente levadizo utilizado también como protección en el medievo.
Una vez dentro y para saciar nuestra sed podemos acercarnos al antiguo abastecimiento de agua de la ciudad. Uno de los caños de la Fuente de Onofrío nos dará ánimos para alcanzar el sur en busca del puerto viejo y sus soportales, hoy sede de las más caras cafeterías del lugar.
A mitad de camino, los gatos/agujas Maro y Baro nos saludan provocando las campanadas de la Torre del Reloj, del siglo XV. Época que comparten el Palacio del Rector, donde los amantes del arte italiano y local del XVI podrán satisfacer su curiosidad, y la Catedral de la Asunción. Ambos constituyen, por lo general, el grueso turístico de este destino aunque la capital croata reserva su mayor tesoro para los viajeros más intrépidos, el islote de Lokrum.
Un territorio declarado como parque natural y al que se accede por vía marítima con un desembolso de unos cinco euros. Cada media hora desde las 9 hasta las 18 horas salen barcos hacia este complejo donde nos encontraremos un Jardín Botánico, un Monasterio Benedictino y una playa nudista.
Una oportunidad que los viajeros no querrán dejar escapar si desean comprender el ritmo de una ciudad que ha pasado por manos eslavas, austrohúngaras, yugoslavas, croatas, entre tiranos y conquistadores, y que ahora crece en la democracia. Punto de sufrimiento de conflictos globales y centro histórico digno de ser visitado por los que quieran ser testigo del paso de la historia contemporánea, con mayúsculas.


